07/12/2018

SOCIEDAD | Postales carcelarias VOLVER

Cómo es la vida en el lugar donde nadie quiere estar

Con la misión de tender un puente entre la libertad y el encierro, un grupo de voluntarias visita frecuentemente el Complejo Penitenciario del partido de San Martín, Provincia de Buenos Aires. Y en cada encuentro comparten tiempo, brindan escucha, contención y un abrazo.

En el Complejo Penitenciario Conurbano Bonaerense Norte, que comprende las unidades penitenciarias 46, 47 y 48, habitan alrededor de 1550 presos (el número varía por las entradas y salidas). Ubicado en la bajada del Camino del Buen Ayre y Debenedetti, en la localidad de José León Suárez, fue edificado sobre un relleno sanitario del Ceamse, a pocos metros del río Reconquista. 

Hacia allí se dirige cada semana el equipo de capellanía integrado por voluntarios de la Diócesis de San Isidro, de la mano de los capellanes el padre Jorge García Cuerva y la hermana Cristina Albornoz. Todos creen y hacen de su espiritualidad una ceremonia de encuentro con el prójimo. Amparados en el amor, acompañan a los presos enseñándoles desde huerta hasta tejido, rezando y encontrándole otro sentido a la vida. Si bien en el grupo hay algunos hombres, "las mujeres son siempre mayoría", dicen ellas mismas cuando cuentan que, a la larga, quienes más visitan a los presos son las madres, las abuelas, las hermanas, las esposas, las novias, las hijas...

La cárcel, ese lugar en el mundo  

Pabla Miño es una de las voluntarias del equipo; tiene 52 años y está casada con Enrique. Después de trabajar durante dieciocho años en el servicio de diagnóstico por imágenes, un día sintió que algo en su vida estaba perdiendo el brillo. Así fue como llegaron los ataques de angustia. Entonces decidió que su búsqueda debía ir por otro lado: se recibió de counselor y volvió a la Iglesia católica, de la que tiempo antes había decidido partir. Y un día, mientras realizaba un retiro de oración ignaciana, sintió el llamado. "Jesús me pidió que lo visitara en la cárcel. Le pregunté por qué, intenté hacerme la tonta. Pero al tiempo fui. ¿Qué me pasó la primera vez? Nunca me sentí tan triste y tan feliz en un mismo lugar", describe entre lágrimas.

El matrimonio decidió no tener hijos. "Ahora veo que mi maternidad estaba en otro lugar: en cuidar del otro", explica y se refiere a los pibes del pabellón 11, los presos peligrosos. "Sí, sé que defiendo lo indefendible. No digo que no tengan que pagar por lo que hicieron, pero ¿alguien cree que pueden salir de la cárcel rehabilitados? También pienso mucho en las víctimas, rezo mucho por ellas y sus familias. Creo que el Estado debería darles contención", murmura mientras piensa un instante, para agregar luego: "Siento que soy un puente entre la sociedad y los presos. Ellos van a salir un día y, como están dadas las cosas, no van a haber aprendido nada. Por eso nosotras trabajamos para darles un abrazo, una escucha atenta, consejos de vida y los valores que la mayoría de ellos jamás recibieron. No saben lo que es la cultura del trabajo, nunca lo vieron en sus padres ni en sus abuelos. No terminaron la escuela, muchos sufrieron abusos o cayeron en las drogas de chicos, o vieron morir a sus familiares y amigos por adicciones o en enfrentamientos con la policía. Su mirada acerca del valor de la vida está inscripta en esa realidad". En eso trabaja sin descanso, sin cobrar un centavo: en contarles a los presos que ese otro, esa persona a la que violentaron, es un ser humano valioso, lleno de sueños, de ganas de vivir y de ayudar.

La visita 

"Nadie duerme el día antes de entrar por primera vez", cuenta la voluntaria Pabla Miño, y dice que es una ley que funciona en la mayoría de los casos, porque el encierro genera algunos fantasmas y muchos miedos. "Vamos sin maquillaje, sin bijouterie, sin escotes ni tacos. Llevamos poco y nada, pero nunca me olvido una bolsa con galletitas, yerba y caramelos para compartir", agrega. 

La construcción se impone entre el verde, rodeada por un perímetro de rejas y remolinos de alambres de púa. Una brisa con aroma a pasto recién cortado va y viene trayendo postales de la libertad. Del otro lado quedó la calle: el carenciado barrio que linda con el camino del Buen Ayre y esa tienda improvisada donde se venden souvenires para quienes entran de visita: imágenes religiosas, peluches, facturas, cremonas, pastafrola...

Pabla avanza dando pequeños saltos, sus rulos grises se agitan. "¡Hola!", dice con alegría y le da un abrazo al guardia. Su saludo se repite con la misma energía para cada uno de los trabajadores penitenciarios que cruza mientras avanza a través de las puertas y candados que cada uno de ellos abre y cierra enseguida a su paso.

Una de las primeras puertas que aparecen tiene pintada la palabra "Sum". Es el salón de usos múltiples, un espacio similar al del comedor de un centro de fomento o de un club, donde los presos reciben a sus familiares y se sientan a compartir una hora, tal vez dos si todo transcurre en paz. Y aunque la cumbia suena al mango y hay pastelitos y mates en casi todas las mesas, el clima no es festivo. Al contrario: está oscuro, hay olor a algo rancio y todos se ven encorvados.

 

El pabellón de máxima seguridad

Dos guardias abren el candado de una puerta de chapa y la miran en silencio. "¡Buen día chicos! ¿Están todos dormidos?", dice con voz fuerte y alegre, mientras da palmadas con sus manos. Doce hombres muy jóvenes se acercan despacio para abrazarla. 

La mayoría viste equipos deportivos y zapatillas, si no nuevas, limpias y coloridas, de marca. Llevan el mismo corte de pelo: rapado a ambos lados, largo y con un jopo arriba. Algunos tienen tatuajes, otros aros, unos pocos gorras con visera. Y dentaduras postergadas, llenas de huecos, que ya no los hacen ver tan jóvenes.

Es el día en que el couch Bernado Bárcena brinda -de la mano de las voluntarias- su taller de empoderamiento; encuentros donde los presos comparten sus miedos y frustraciones y ofrecen sus corazones con la generosidad de los niños. No pasa mucho tiempo de charla cuando, de pronto, aflora su peor temor: salir de la cárcel, seguir en la misma, volver a delinquir. 

La unidad 47

El resto de las mujeres del equipo trabaja en los anexos masculinos y femeninos de la unidad 47. Bien temprano, a pesar del frío, las voluntarias llegan con sus bolsas llenas de cosas para poner manos a la obra en los quehaceres: lana, agujas, hilos, telas. 

"Me metí en la cárcel a través de las mujeres de los presos. Comencé a trabajar con esposas, madres, abuelas, hijas, hermanas... Estaban muy desprotegidas. Mi misión es estar donde nadie quiere estar. Costó mucho; antes no nos dejaban ingresar a pabellones por cuestiones de seguridad. Pero nosotras no queríamos capillas ni oficinas, sino estar adentro con ellos. Y también acompañar y ayudar al servicio penitenciario, que muchas veces es tan marginado como el preso", señala la capellana, hermana Cristina Albornoz.

El equipo se fue agrandando poco a poco. Al tiempo, los guardias se dieron cuenta de que ellas lograban algo que valía la pena apoyar: cada vez que venían trayendo Evangelio, contención y labores, los presos mejoraban su conducta y la forma en que se vinculaban entre ellos. Todo cambiaba.

"Los chicos nos esperan porque, además de tejer, charlamos de la vida, de los sueños", agrega Mechi.

Cuál es el mayor sueño que tienen, les preguntan a los pibes, mientras tejen. "Y... la libertad. Salir de acá. Salir y tener paciencia para no volver a bardear. Tejer te calma los nervios y ayuda, porque nos tenemos que rehabilitar de muchas cosas. Y queremos salir mejores personas para no volver a caer al precipicio", dice el más locuaz de la 47, mientras juega con la lana. Otro pide: "Vuelvan. Nos hace bien que vean que no somos animales. Nos sacan un poco de todo lo que pasa acá adentro".

Ya en el anexo femenino, una mujer que fue víctima de violencia de género y purga su pena por defenderse con un arma de ese marido cruel, las recibe sonriente mientras confecciona las hostias para la comunión. Sus compañeras enhebran cuentas para armar pequeños rosarios. Cuentan los guardias que cada vez que las presas se ponen a hacer manualidades salen un rato de la tristeza. Pero las actividades son pocas y por lo general triunfan el letargo, la ansiedad, las lágrimas, la bronca... "Yo las quiero ayudar para que estén tranquilas y para que nosotras podamos trabajar en paz", dice la encargada de la seguridad del anexo, una mujer joven que lamenta no tener más y mejores herramientas para ellas.

La retirada

Pasadas unas horas, llega el momento de partir para quienes tienen la posibilidad de volver al "afuera". Adentro, en cambio, los presos deben volver a sus celdas para el recuento; el "engome", en la jerga carcelaria. Hay abrazos de despedida, palabras de aliento. Ellos quedan observando la salida de los voluntarios con los ojos fijos. Y es difícil escuchar cómo, al cerrarse cada puerta, el ruido seco marca un compás que divide con un muro la vida de unos y otros. 


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