07/12/2018

UN DIA COMO HOY | Alberto Castillo VOLVER

El cantor de los 100 barrios porteños

Alberto Salvador De Lucca -tal su verdadero nombre- nació el 7 de diciembre de 1914 en el porteño barrio de Floresta, en la zona oeste de la ciudad de Buenos Aires. Era el quinto hijo del matrimonio de inmigrantes italianos Salvador De Lucca y Lucía Di Paola.

Ya de pequeño demostró una afición natural por la música; tomó lecciones de violín y cantaba en cualquier lugar en que se diera la oportunidad. Cierta noche -tenía ya 15 años-, se encontraba cantando para su grupo de amigos cuando pasó el guitarrista Armando Neira y le propuso incluirlo en su conjunto.

Ese fue el debut profesional de Alberto De Lucca, bajo el seudónimo de Alberto Dual, que alternó con el de Carlos Duval. Cantó luego con las orquestas de Julio De Caro (1934), Augusto Berto (1935) y Mariano Rodas (1937).

Los seudónimos lo protegieron de la disciplina paterna. Cuando cantaba por Radio París, con la Orquesta Rodas, don Salvador, su padre, comentó ante el receptor: "Canta muy bien; tiene una voz parecida a la de Albertito".

En 1938, abandonó la orquesta y se dedicó por completo a su carrera de medicina. Pero el tango le seguía tirando y un año antes de recibirse integró la Orquesta Típica Los Indios, que dirigía el dentista-pianista Ricardo Tanturi.

El 8 de enero de 1941, apareció el primer disco de Tanturi con su vocalista Alberto Castillo -acababa de adoptar su seudónimo definitivo, propuesto por el hombre de radio Pablo Osvaldo Valle-. Un año más tarde, se recibió de ginecólogo e instaló su consultorio en la casa paterna.

De modo que tarde a tarde, el doctor Alberto Salvador De Lucca abandonaba su consultorio de señoras y corría hacia la radio para convertirse en el cantor Alberto Castillo. Todo se complicó cuando la sala de espera de su consultorio ya no daba abasto para tantas mujeres, en su mayoría, jóvenes. Había una explicación: el cantor atraía increíblemente y como corría la noticia de que era ginecólogo, las que averiguaban donde quedaba su consultorio corrían a hacerse atender por él. 

Cansado de las insinuaciones de sus pacientes, terminó por abandonar la profesión para dedicarse de lleno al canto.

El 6 de junio de 1945, contrajo matrimonio con Ofelia Oneto, del que nacerían Alberto Jorge (ginecólogo y obstetra), Viviana Ofelia (veterinaria e ingeniera agrónoma) y Gustavo Alberto (cirujano plástico). Para entonces, Castillo era ya un auténtico ídolo popular.

Su manera de moverse en el escenario, su modo de tomar el micrófono e inclinarlo hacia uno y otro lado, su derecha junto a la boca como un voceador callejero, su pañuelo cayendo del bolsillo del saco, el cuello de su camisa desabrochado y la corbata floja, todo era inusitado, todo causaba sensación. A ello hay que sumerle su voz y su estilo tan peculiar y eso explica por qué cuando, en 1944, cantó en el Teatro Alvear, la policía debió cortar el tránsito de la calle Corrientes. 

A pesar de no haber estudiado música, sus fraseos repercutían con enorme efectividad en los estratos populares, lo que llevó a caraturarlo "el cantor de los cien barrios porteños".

Eran sus inicios como solista, tras desvincularse de Tanturi en algún momento de 1943. Poco después, incorporó a su repertorio el candombe, que matizó con bailarines negros en sus espectáculos. El primero de ellos fue "Charol" (de Osvaldo Sosa Cordero), que resultó todo un éxito, tanto en Buenos Aires como en Montevideo, lo que lo decidió a seguir incluyendo páginas en ese ritmo: "Siga el baile" (de Carlos Warren y Edgardo Donato), "Baile de los morenos", "El cachivachero" y, entre otras, "Candonga", que le pertenece. A propósito, Castillo también es letrista; escribió, además, los tangos "Yo soy de la vieja ola", "Muchachos escuchen", "Cucusita", "Así canta Buenos Aires", "Un regalo del cielo", "A Chirolita", "Dónde me quieren llevar", "Castañuelas" y "Cada día canta más"; y las marchas "La perinola" y "Año nuevo".

La cinematografía lo convirtió en un actor sumamente natural, que debutó en 1946 con Adiós pampa mía, para continuar con El tango vuelve a París (1948, acompañado por Aníbal Troilo), Un tropezón cualquiera da en la vida (1949, con Virginia Luque), Alma de bohemio (1949), La barra de la esquina (1950), Buenos Aires, mi tierra querida (1951), Por cuatro días locos (1953), Ritmo, amor y picardía, Música, alegría y amor, Luces de candilejas (1955, 1956 y 1958 respectivamente, las tres junto a la extraordinaria rumbera Amelita Vargas) y Nubes de humo (1959).

El último éxito de Castillo fue en 1993, cuando grabó "Siga el baile" con Los Auténticos Decadentes y consiguió ganarse a la juventud de fin de siglo, tal como lo había hecho con la de los '40. 

Murió el 23 de julio de 2002, pero su voz continúa siendo una de las más identificadas con la canción ciudadana y, seguramente, lo será para siempre. 


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