29/06/2020

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No seremos como él

La última vez que hablé con Hermes fue en el locro socialista del 9 de julio de 2018, en Rosario. No me gusta molestar, pero quise saludarlo, sabiendo que la enfermedad ya comenzaba a mostrar sus garras. Me agaché a su lado y le dije que era de Venado Tuerto. "¿Cómo anda el hospital?" me preguntó antes que nada. Para él, Venado era sinónimo de ese sueño que plantó apenas comenzado su gobierno. "Enviale un saludo muy afectuoso a la Dra. Ana Cecilia Petrich, por favor". Recuerdo haber posteado "Una emoción saludar a Hermes Binner, un gigante político del socialismo, que la historia colocará en su lugar".

Ahora falleció, y hasta quienes vergonzosamente trataron de enlodarlo con mentiras manifiestan respeto. También habrá necios o estúpidos (siempre los hay) pretendiendo empañar su estatura moral, ética y política. Pero no son ellos los que me inquietan.

Los que lo quisimos podemos ahora golpearnos el pecho acongojados, hablar de honrar su legado, decir, como dicen los cubanos sobre el Che, "seremos como él"

Pero no, jamás seremos como él.

Era austero como Pepe Mujica (40 años viviendo en la misma casa lo pinta entero), pero no llamativo. Hermes no ostentaba ni su humildad. Su dificultad para expresarse con elocuencia era inversamente proporcional a la claridad de ideas y voluntad e inteligencia para alcanzar nada menos que utopías. El reverso de un mundo político lleno de lenguaraces pragmáticos, donde lo único que importa es hacerse del poder y el libro de cabecera es de neuroventa.

"Buenos Tiempos" fue el simple slogan de campaña que lo llevó a la gobernación. No suena marketinero, como nada de lo que hacía. Es que él expresaba un mundo donde la mentira no existe ni como posibilidad. Parecía desencajar frente a un electorado que parece optar por fantasías una y otra vez. En el país de Binner, sus adversarios solo hubiesen podido consignar "Frente para el Retroceso", "Juntos para Hundirnos" o consignas por el estilo.

"Un país normal", "Un médico para el país", fueron consignas electorales que lo llevaban de candidato a presidente. Sin duda los argentinos necesitábamos (necesitamos) desesperadamente unas cuantas gestiones de un médico como él para salir del tan minuciosamente elaborado fracaso colectivo que supimos construir. Pero jamás lo vimos, encandilados por luces de neón, haciendo cola en lo del curandero. Esas frases y consignas tan sencillas como profundas, tan razonables, lógicas y esenciales, no llenan a una humanidad que quiere escuchar promesas de revoluciones productivas, brotes verdes y cambios mágicos.

Durán Barba nos explica en la cara nuestra condición de simios conducidos por correas invisibles. Venimos bien para aplaudir, llenar estadios, diría Serrat. Tampoco somos exclusivos. Afuera están Trump, Bolsonaro, Boris Johnson para ilustrar la cosa.

La noticia de su muerte corrió rápida, amparada en el frio invierno. Ante lo inexorable, destapé una botella de vino que me regalaron mis hijos para el día del padre y guardaba para una ocasión especial. Paladear el sabor, sentirse vivo, exorcizar la Parca, estirar la distancia aunque sea un poco más. Brindar por Hermes, festejar el privilegio enorme, la riqueza de haberlo tratado, conocido.

Dejo que la tristeza, tan humana, me recorra. Y me doy cuenta que no, no puedo sentir tristeza o piedad por él. Siento tristeza y piedad por el resto, por todos nosotros, que jamás seremos como él.

No lloro más por él. Ya lloré hace muchos años, cuando visitaba el resultado de sus políticas públicas en Rosario. Una maternidad llena de pobres de apariencias pobres, que claramente estaban fuera de contexto rodeados de tantos aparatos modernos, en un edificio de lujo.

No olvidaré jamás a esos padres de rostros sufridos, acunando felices, plenos, el milagro de sus bebes sanitos. Eran un baldazo de realidad para aquellos que dudan que la utopía de una sociedad justa, humanizada, solo cuestión de decisiones políticas.

Ya se me cayeron las lágrimas cada vez que visité, primero los huesos y luego como se iba milagrosamente completando, el hospital nodal de Venado Tuerto.

Sabiendo que esa arca gigantesca era obra de un soñador sin respaldo divino, que arremetía contra la lógica imperante del fin de las ideologías, para crear un lugar seguro, donde todos seríamos bienvenidos cuando peor estuviésemos, que nos protegería "como con tanques blindados" de los mandatos del dinero y los negociados.

Ya solté todas las lágrimas que tenía que soltar por Binner mientras estaba vivo.

Ahora estoy triste por mi país, por todos nosotros, incluso por mi partido. Lo necesitamos a gritos, aunque no lo asumamos o siquiera sepamos.

Uno no elige su enfermedad, pero no dejo de sentir que fue una irónica parábola para la vida de un hombre que dedicó su vida al prójimo y a su partido. Hizo lo que pudo mientras pudo (pudo gigante), y cuando no pudo más, se alejó como no queriendo enterarse más de nada, a algún lugar a salvo de noticias decepcionantes, de un país enredado una vez más en su propia telaraña.

La provincia disfruta la inercia de lo hecho, pero los síntomas del retroceso ya se muestran con descaro; en argentina la pobreza y el odio crecen de la mano, y mientras seguimos buscando culpables, no dejamos de escudriñar el horizonte esperando nuevos manosantas que nos salven; su querido partido socialista tampoco encuentra su amalgama. Quizás esa enfermedad le evitó la tristeza de vernos tan necesitados, cuando ya no podía ayudar.

No sé si seguirá naciendo gente así. El mundo cambia aceleradamente y quizás Hermes sea uno de los últimos referentes de su talla. Ya no hay héroes, porqué habría de haber políticos como él?

El estaría en desacuerdo con mis palabras. Diría, una vez más, "nunca se van a arrepentir de llevar un volante más, de hablar con un vecino más". Hoy exhibimos con orgullo todo lo construido. Quedó para siempre en el saldo favorable de nuestras vidas, nos hizo sentir plenos, tener razón.

No será fácil. Hermes lo hacía fácil. Le daba sentido épico a la militancia.

Su ausencia nos deja un poco más huérfanos de certeza. Claro que lo echaremos de menos. Habrá que inventar algo para seguir. Sabiendo que no, jamás seremos como él.

Fabián Vernetti

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