17/10/2020

Revista VOLVER

Una mamá puro corazón

El deseo de tener hijos es algo natural entre dos personas que se quieren, aunque no siempre es fácil conseguir un embarazo. María Cecilia Riol (46) siempre había tenido el deseo de ser mamá y junto con su esposo Gustavo soñaban con formar una familia, pero las ansiadas dos rayas en el test de embarazo no aparecían, el bebé no llegaba. "Si bien era nuestro deseo, nunca fue una frustración no quedar embarazada. Sabíamos que Dios tenía sus planes para nosotros y que de alguna manera íbamos a poder canalizar y sublimar ese sentimiento. Así que esperamos confiados", cuenta Cecilia.

Movilizados por el amor -tenían mucho para dar y no querían dejarlo guardado-, al cabo de un tiempo, el deseo matrimonial de vivir la paternidad se concretó en la decisión de anotarse en el Registro Único de Aspirantes con Fines Adoptivos (Ruaga). Así podrían concretar su sueño y les darían una familia a niños que no la tenían.

"Nos anotamos para adoptar hasta tres hermanos. Cuando nos llamaron y nos hablaron de ellos y nos preguntaron si queríamos que nuestros legajos se enviaran al Juzgado donde estaban los niños, sentí que me acababa de enterar que estaba embarazada... era una felicidad y una espera tan deseada, que con mi esposo lo vivimos como un embarazo múltiple", cuenta Cecilia emocionada a El Informe.

Pronto tuvieron la confirmación de que ellos habían sido los escogidos. La alegría era inmensa, pero también lo eran los miedos, propios de este nuevo estado. "La etapa de vinculación con los niños fue breve e intensa y cuando nos dijeron que ya podíamos vivir juntos tuve tantos sentimientos encontrados que no sabía para donde disparar", recuerda. No es para menos, de repente se convertía en madre de tres hijos con diferentes edades: Alejandro, María Milagros y Pablito, que en ese momento tenían 7, 6 y 1 año respectivamente.

Y si la llegada de un hijo pone la vida patas para arriba, no hace falta imaginar demasiado que la vida de Cecilia y de su esposo cambió radicalmente. "Empezábamos a vivir una aventura desconocida, pero bellísima para toda la vida", afirma.

Muy creyentes, tanto Ceci como su esposo están convencidos de que esos niños, ahora sus hijos, fueron un regalo de Dios. El comienzo fue duro, pero poco a poco fueron construyendo el vínculo y también aparecieron los miedos propios de la maternidad. "Hubo etapas de angustia, de no saber cómo ser madre, si estaba siendo buena o no... sentimientos comunes a todas las mamás, que iba compartiendo con amigas y con mi terapeuta. Pero desde el primer día lo vivimos con mucha naturalidad y libertad, como si siempre hubiésemos estado juntos. Nunca fue forzada nuestra relación, tanto de nosotros con ellos como de ellos con nosotros", cuenta.

"Es tan grande el amor que se está gestando día a día en mí que me lleva a querer dar la vida por ellos, y todo lo que esto implica, por su felicidad", dice Ceci y finaliza con palabras que emocionan: "Para mí la maternidad es dar vida todos los días, es acompañar y transitar con ellos el camino de la vida, el día a día, con amor, contención y libertad. Es aceptar su historia y ser instrumentos para que puedan sanar sus heridas y que en lugar de que le sean obstáculos para su felicidad los lleve a pararse desde ahí y mirar hacia el futuro con otra mirada. Es ir dejando de lado ese ideal de hijo que todos tenemos para aceptar y amar lo que ellos son y podrán ser".

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