23/11/2020

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La escuela, ese invento maravilloso...

Cuando era chica, y no me avergüenza reconocerlo, el hecho de ir a la escuela era estupendo. Por empezar, en mi casa no se dudaba, no se discutía, ni siquiera se sospechaba la idea de no asistir a clases. Era y punto. Por continuar, había que cumplir con todo lo que proponían porque sí. Y eran cosas mías. Mis padres apenas respondían a algunas preguntas que a ellos les incumbían, pero para consultas estaban las maestras, los hermanos mayores o los vecinos más instruidos. Luego estaba esa amiga que te pasaba a buscar, en mi caso Susi, que venía bien temprano para, en lo posible tocar la llamada, que consistía en una sucesión de campanazos que la portera Teresita daba para que los escuchen los chicos en todo el pueblo.

Ya el día escolar empezaba bien. Pasábamos corriendo por donde estaba el perro de unas vecinas que siempre nos ladraba muy fuerte y le teníamos miedo. Llegábamos a la querida 163 y nos encontrábamos con nuestros amigos y amigas. Con el chico que nos gustaba, que lo mirábamos de lejos y cuchicheábamos. Nos encontrábamos. La escuela, sus olores, sus espacios; las porteras con sus tareas y su hospitalidad. Eso ya constituía un milagro.

Durante las clases la maestra enseñaba. Era la única forma que conocíamos. Jamás se me pasó por la mente que podía aburrirme. Era hermoso que ella explicara temas frente al pizarrón. Muchas veces entendía. Tenía un peinado que yo adoraba, unas uñas impecables pintadas de blanco nacarado y unos zapatos chatos para poder estar toda la jornada de pie. Reía poco, tenía voz fuerte y era muy activa. Una vez nos estaba explicando la recolección de algodón en el Chaco, y como las ventanas estaban abiertas y había un pintor que pintaba la galería, desde la escalera escuchaba. Le dijo "Perdone señorita, pero yo trabajé ahí y no es así como usted cuenta". Ella inmediatamente, con una simple y digna humildad ejemplificadora, lo invitó a dar la clase y su testimonio fue inolvidable. Siempre recordaré que ví a mi maestra como a alguien que estaba aprendiendo. Y eso la enalteció ante mis ojos.

Los días se completaban entre la escuela y los juegos. A la tarde, las tareas. Todo lo que no teníamos en casa había que salir a investigarlo. En mi barrio había solo un teléfono y era para casos urgentes. Otros tenían las respuestas y no se cuestionaba el tener que estar horas buscándolas, porque a veces era un verdadero milagro encontrarlas. Era común hacer preguntas a los mayores, ir a la biblioteca o salir con una libretita a anotar lo que observábamos. El conocimiento estaba en todas partes. De ese modo se despertaba nuestra curiosidad, a veces lo hacíamos con gran esfuerzo, era tedioso, pero en algún momento nos enterábamos de algo nuevo, algo que no conocíamos y que valía la pena averiguarlo. Eso lo auspiciaba nuestra maestra.

Al final de séptimo grado, la maestra anunció que yo iba a ser la abanderada. Jamás se me cruzó por la cabeza estudiar para eso. En mi casa no se hablaban esos temas. Cuando se lo comuniqué a mi mamá, ella dijo que era lógico porque mis hermanos también lo fueron. Y ese fue todo el comentario y el reconocimiento.

Mi paso por la escuela primaria fue tan simple como maravilloso. Las maestras no eran mis segundas madres. Eran unas mujeres de fierro que asistían a su trabajo con alta energía y sobrado orgullo. Y lo hacían muy bien. La mayoría de ellas compartía con nosotros la increíble aventura del conocimiento. Todo eso me dejó enseñanzas valiosas para mi labor docente. Claro, con el diario del lunes, todos sabemos qué hay que hacer. Porque seguramente cometí altos errores como educadora, y los sigo cometiendo porque me jubilé en un cargo pero no como docente.

Las enseñanzas de mi escuela primaria fueron para toda la vida. Cumplir horarios, esperar turnos para hablar, escuchar, compartir con los compañeros las tareas y los recreos, respetar las reglas de los juegos, tener autonomía para hacer mis tareas, temer, sí, temer a la directora, que en mis recuerdos era una señora altísima con un peinado raro que nos leía poemas de su autoría. Yo le tenía miedo y la idolatraba. No había otra directora posible en mi vida. Y si hubiese venido otra, la hubiera respetado igual.

La escuela, la gente que hizo y hace la escuela, deben ser parte natural de la vida de los niños y niñas. Las maestras son mujeres que van a trabajar y dignifican su tarea todos los días. La mejor versión de la escuela es aquella que acoge a todos en su seno y los abraza. A los ricos y a los pobres, a los que viven en calles de tierra, en el campo, a los que tienen una casa con muchas comodidades o a los que viven en una casita pequeña y humilde. A la diversidad pueblerina. Claro, así era mi escuela de pueblo. Así es mi modelo de escuela. Un lugar sensacional y sencillo a la vez. Un sitio donde nos tocaba ir. Sin más.

Considero un pecado que los chicos se aburran en la escuela. Considero una falta de respeto que pierdan el tiempo. Que no sean tratados con seriedad. Que se pretenda transformar la institución en un circo o un parque de diversiones. Que no se entienda que la diversión es el conocimiento. Aprender es la diversión. Si tu maestra dice que tenés que leer 4 veces la lectura, esas 4 veces pueden ser en forma pausada, chiflada, lenta, super rápida. Podés llegar a desternillarte de risa y mientras practicás. Se puede exigir la realización de actividades y a la vez que esas actividades sean variadas y divertidas. Ese espíritu tiene que primar en la vida de los educadores y de los alumnos.

Hace poco leí los principios del Jardín Lac, un sitio web público sobre educación y literatura infantil, y me permito tomar algunos para compartir:

. La escucha es un compromiso con el otro.

. La conversación es un acto cultural por excelencia.

. La curiosidad como principio vital.

. El deseo de aprender se estimula (o inhibe) a lo largo de la vida, en distintos espacios, no solo en lugares consagrados a ello, como la escuela.

. El reconocimiento de saberes de todas las personas, independientemente de su condición social, edad, género, formación académica e historia escolar.

. La hospitalidad entendida no sólo como el arte de hacer sentir a cada persona en casa, sino como la apertura de un espacio para dialogar con el diferente y con lo desconocido.

. Lo bello nace del placer ante el trabajo bien hecho, está vinculado al cuidado de la vida y a la dignificación de los espacios donde esta se fortalece.

. La diversidad es inherente a la vida biológica y social, en sus diversas dimensiones, y un requerimiento para preservarla.

. El estímulo de la autonomía, el reconocimiento de cada quien a ejercer su libertad en forma razonada.

. La opción por la creación.

Con toda humildad, creo que mi escuela primaria de pueblo cumplió sobradamente con esos principios. Felices podremos estar si decimos que la escuela actual los cumple. Deseo fervientemente que esta pandemia llegue a su fin, que nada impida que la gente se cuide y que las clases empiecen cuando no sean un peligro para la sociedad. Deseo también que vuelva la escuela, ese invento maravilloso.

Eliana Negrini - Prof. Para la Enseñanza Primaria

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